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Por Tatiana Roa Avendaño Coordinadora general de Censat Agua Viva Amigos de la Tierra Colombia

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La naturaleza con derechos. Ilustración Angie Vanessita Cárdenas Roa

En julio de 2014 Ecopetrol y Pacific Rubiales anunciaron la cancelación del proyecto Star, de combustión in situ. Con él, las dos compañías pretendían aumentar la producción de hidrocarburos en el campo Quifa. El fracaso había sido anunciado por organizaciones sociales y el sindicato de la industria del petróleo, la Unión Sindical Obrera. Además, líderes comunitarios llevaban años denunciando los problemas ambientales que les generaba la actividad petrolera. Pero a pesar de las malas experiencias, el gobierno del presidente Juan Manuel Santos sigue con los ojos puestos en los crudos pesados, y la resistencia a estos proyectos crece. Las voces suenan en Caquetá, Meta, Putumayo y Magdalena Medio: “Agua, no petróleo”. En este artículo se busca mostrar la situación de los crudos pesados en el país y el papel que hoy desempeñan en el sector hidrocarburos, así como los conflictos que está provocando.

Desde hace un par de décadas la economía colombiana depende de las exportaciones de petróleo. El gobierno nacional, para incrementar la entrada de divisas, está extrayendo hidrocarburos a tasas muy elevadas, lo que ha provocado una brusca caída de las reservas. Según el Plan Nacional de Desarrollo 2014 – 2018, el petróleo constituye alrededor del 50% de las exportaciones del país. De hecho, más del 60% de la producción de hidrocarburos es exportada a mercados internacionales. “En 2013, se estimó que Colombia tenía 2,445 millones de barriles de reservas de petróleo crudo, y en el 2015 el país produjo 1’009,000 de barriles por día. Desde su inicio, la administración del Presidente de la República, Juan Manuel Santos, ha identificado al sector extractivo como principal pilar de la economía colombiana, impulsando incentivos para su expansión. Seis años después del inicio de su mandato, este sector representa el 42% de las exportaciones del país” (FIDH & CAJAR, 2016: 7). Sin embargo, no se han vuelto a encontrar nuevos yacimientos desde la década de los noventa, cuando se hicieron los grandes descubrimientos de los campos petrolíferos de Cusiana y Cupiagua[1], en el oriente del país.

El agotamiento de los yacimientos convencionales[2], la alta demanda de hidrocarburos y los elevados precios que alcanzó el petróleo a principios de este siglo, desvió el interés de las empresas hacia la explotación de yacimientos no convencionales en muchos lugares del mundo. Colombia sigue esta tendencia, entre 2000 y 2015, la producción de crudos pesados[3] del país pasó de representar el 10% del total al 53% (La República, 20/06/2015).[4] Los gobiernos nacionales de Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos han impulsado políticas para favorecer la inversión extranjera y han intentado incrementar las reservas de petróleo y gas avanzando sobre nuevas fronteras. Desde el centro del país, donde inició la explotación petrolera en Colombia, se expanden los campos petroleros de crudos convencionales y no convencionales hacia la Amazonía, Orinoquía, Pacífico, las sabanas, el mar Caribe, incluso, trepan por las altas montañas de la cordillera Oriental. De esta manera, se promueve la extracción de energías extremas, dada la complejidad geológica, la incorporación de tecnologías riesgosas, los altos requerimientos energéticos y de agua, además de mayores inversiones de capital, los riesgos ambientales y sobre los trabajadores. Quifa, ubicado en Puerto Gaitán, departamento del Meta, es uno de los varios campos petroleros de crudos pesados en explotación.

Los crudos pesados

Del total de las reservas mundiales, el 30% de estas corresponde a crudo convencional y el 70% a no convencional, de los cuales el 25% son crudos pesados y el 45% crudos extra-pesados y bitumen. Los principales yacimientos de crudos pesados se encuentran en Alberta, Canadá, de arenas bituminosas; la Faja del Orinoco, Venezuela, de crudos extra-pesados; Rusia y EEUU. América Latina es el continente que concentra las mayores reservas del mundo de este tipo de crudos, representando el 48% de ellas, 2 billones de barriles equivalentes de petróleo o BEP. Venezuela cuenta con aproximadamente 1,7 billones de BEP (equivalente a 87%), mientras que la de Colombia solo representan el 0,6%, lo que son 12 millones de BEP (Campetrol, 18/06/2015). También gran parte de las reservas de países como Ecuador, México, Perú y Brasil son crudos pesados.

Se estima que el 40% del total de las reservas colombianas de hidrocarburos corresponde a crudos pesados y representan aproximadamente la mitad de la producción petrolera. De acuerdo a la Empresa Colombiana de Petróleos (Ecopetrol), “la proporción de crudos convencionales (dulces o ligeros) disminuirá en los próximos 10 años de 15% a 10% y de 32% a 21%, mientras que el total de no convencionales (crudos pesados) aumentará de 52% a 69% del total de la producción” (La República, 20/06/2015). Más aún, se calcula que para el 2018 las reservas de crudo pesado en el país llegarán a ser el 60% del total, es decir, 15% más que en la actualidad (Ape.com.co, 23/08/2013)

El impulso de la exploración y explotación de crudos pesados responde a una política de los últimos gobiernos nacionales. Entre 2002 y 2010, el gobierno de Uribe Vélez otorgó importantes beneficios a la inversión extranjera, bajo el eslogan de la “confianza inversionista” y la liberalización del sector. Con el decreto número 1760 del 26 de junio de 2003 modificó la estructura orgánica de la estatal Ecopetrol y creó la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH), a la cual se le entregó la administración integral de las reservas de hidrocarburos de propiedad de la Nación. En 2008 la ANH promovió el Proyecto de Desarrollo de Crudos Pesados, que consistió en el otorgamiento de extensas áreas para evaluación, a través de una ronda especial para incentivar el crecimiento del mercado de los crudos pesados. De esta manera, se asignaron ocho áreas especiales bajo contratos de Evaluación Técnica a seis empresas reconocidas: Ecopetrol, Exxon, BHP Billiton, Talisman, Shell, Pacific Rubiales y Pluspetrol (Colombia Energía, 23/01/2013). En la Ronda 2010, de los 78 bloques adjudicados para explotación petrolera, al menos 50 se encontraban en los departamentos del Meta, Casanare, Arauca y Vichada, donde actualmente se concentra la mayor producción de crudos cuya gravedad API es inferior a los 17° (UPME, 2012:40).

Aunque los crudos pesados se hallan en 6 de las 16 cuencas onshore del país, los desarrollos se han dado principalmente en cuatro de ellas: Llanos Orientales, Magdalena Medio, Putumayo y Caguán; en los campos de Rubiales, Apiay, Ombú, Castilla, San Fernando, Teca, Nare y Jazmín. Las principales reservas se encuentran en los Llanos Orientales y están calculadas entre 6.806 MMbbl y 319.455 MMbbl (Colombia Energía, 2013). En tanto Campo Rubiales es considerado el principal hallazgo de petróleo pesado y sus reservas son estimadas en 4,17 millones de barriles de petróleo de 12,5º API. Este campo fue revertido recientemente a la Nación, luego de una intensa lucha de los trabajadores petroleros organizados en la Unión Sindical Obrera (USO), partidos políticos como el Polo Democrático y otros sectores nacionalistas. Durante varias décadas fue propiedad de la petrolera canadiense Pacific Rubiales, que además de Quifa tuvo a su cargo los campos Sabanero y Rubiales. Más hacia el piedemonte llanero Ecopetrol desarrolla los campos de Chichimene, Castilla y Apiay.De acuerdo a Humberto Calderón Berti, fundador y presidente de Vetra[5] y ministro de Energía y Minas de Venezuela entre 1979 y 1983: “En Colombia puede que no se tenga una faja petrolífera[6], […] hay indicios de que existe un cinturón de crudos pesados[7] en la región de los Llanos, que puede albergar importantes yacimientos” (Colombia Energía, 23/01/2013).

Extracción de alto riesgo

Los crudos pesados tienen alta viscosidad y densidad, por lo que resulta de gran complejidad su extracción, transporte y refinación. También presentan un alto contenido de sal y sustancias tóxicas como el azufre, metales pesados y, en ocasiones, sulfuro de hidrógeno, lo que los hace aún más contaminantes que los convencionales. Como sucede con la extracción de otros hidrocarburos no convencionales, la explotación de crudos pesados exige grandes consumos energéticos, de agua, químicos, infraestructura especial, mayores inversiones e incrementa los daños al ambiente. En el proceso de extracción requieren estimulación térmica y química, para ello se utilizan diferentes técnicas de inyección de vapor o combustión in situ, lo que disminuye de manera importante el factor de recobro[8], que es menor al 20%, cuando en pozos convencionales puede alcanzar hasta el 35%. Es decir, de los hidrocarburos en el yacimiento, es menos el petróleo que puede ser extraído. Algunas de las técnicas para la extracción son: i) la inyección de vapor de agua, que es una de las predominantes en crudos pesados y extra-pesados; ii) la introducción de líquidos a través de pozos inyectores; iii) la recuperación de tipo terciaria o mejorada, que consiste básicamente en la inyección de agua mezclada con solventes químicos y el calentamiento del fondo del pozo.

En tanto el proceso de combustión in situ es una técnica convencional térmica que se basa en la generación de calor en el yacimiento para recuperar crudos de alta viscosidad.[9] Consiste básicamente en quemar una porción del petróleo -aproximadamente el 10%- presente en el yacimiento para generar el calor -incluso al pozo pueden ser inyectados aire u oxígeno-, de tal manera que se pueda aumentar la eficiencia del barrido volumétrico del petróleo, es decir, el crudo que se puede extraer al bajar la viscosidad. Mientras la zona de combustión generada se propaga, el crudo se calienta haciendo que las fracciones más volátiles se destilen debido al craqueo térmico por el aumento de la temperatura. Aunque el método es bastante antiguo, sigue teniendo serias limitantes y genera muchos problemas técnicos y ambientales, por las cuales nunca ha tenido el auge de o procesos térmicos como la inyección de vapor. Existen otras técnicas en fase piloto como el uso de CO2 a través del CCS (Carbon Capture and Storage, por sus siglas en inglés), que es considerada un tipo de geoingeniería. Esta consiste en “capturar” CO2 a través de tuberías e inyectarlo con alta presión en las profundidades de la tierra para que empuje el crudo hacia la superficie.

Los requerimientos energéticos para la explotación de crudos pesados y extra pesados son muy altos. Además, el consumo de enormes cantidades de agua y el alto riesgo de contaminación por sulfuros y metales pesados (níquel, vanadio o molibdeno) presentes, se convierten en algunos de los principales problemas, dado que acrecienta el impacto tanto en los lugares de extracción como de refinación (Acción Ecológica, 2013: .

Así mismo, el transporte de los crudos pesados es otra de las dificultades cardinales. Por ejemplo, se suele utilizar nafta para diluir el petróleo, sin embargo, esto representa costos económicos y logísticos adicionales. En algunos países, entre ellos Venezuela, que tiene unas grandes reservas de crudos pesados y ultra-pesados, se han instalado mejoradores para facilitar el transporte del crudo. Estas unidades, similares a las refinerías, a través de tratamientos especiales hacen del petróleo pesado una sustancia menos densa -crudo sintético-, que es mucho más fácil de exportar y comercializar (Acción Ecológica, 2013: 10). Sin embargo, se necesitan grandes reservas para justificar dichas inversiones.

Otra alternativa para movilizar los crudos pesados consiste en modificar el sistema de oleoductos por líneas de transporte caliente, con ello se elimina el uso de diluyentes como la nafta. Sin embargo, todas estas alternativas suponen riesgos ambientales mayores y demandas energéticas altísimas. En el caso colombiano, hasta el 2015, el transporte del crudo se realizaba a través de cientos de carrotanques[10] que se desplazan diariamente por la carretera que comunican Campo Rubiales con el resto del país, posteriormente entró en servicio el oleoducto Bicentenario y sus estaciones reforzadoras ER1 y ER2. Durante los años de transporte en camiones, el paso de los vehículos generó contaminación atmosférica por material particulado en suspensión (polvo rojo, gas, aceites y otros químicos), que afectó de forma grave a los pobladores campesinos que viven en los alrededores de la vía.

El Proyecto Star o combustión in situ

En 2011 Ecopetrol y Pacific Rubiales decidieron implementar un proyecto piloto de la tecnología Star, sigla en inglés de Recuperación Adicional Térmica Sincronizada, en Quifa[11], campo cuyas reservas originales fueron estimadas en 900 millones de barriles (Vanegas, sf). La empresa canadiense promovió la nueva tecnología con el propósito de doblar las reservas de los yacimientos de petróleos pesados y aumentar el factor de recobro hasta del 45%.

La tecnología Star fue probada en los laboratorios del Instituto Colombiano del Petróleo (ICP) sin embargo, en el campo varios de los pozos perforados tuvieron que ser abandonados por fallas técnicas. Algunos en el fondo del pozo alcanzaron una temperatura de 1200°C, fundiéndose la tubería (Vanegas, sf) y solo produjeron frentes de llama incontrolables y explosiones que expulsaron arenas y cenizas a miles de metros a la redonda, generando daños irreparables sobre los ecosistemas. Los gases de la combustión llegaron a la superficie y contaminaron el aire con sulfuro de hidrógeno, dióxido de carbono y dióxido de azufre, entre otros. Un reciente informe de la Federación Internacional de Derechos Humanos y la Corporación Colectivo de Abogados “José Alvear Restrepo” evidencia las múltiples denuncias de las comunidades, quienes describieron los graves impactos sobre caños[12] y morichales[13], flora y fauna, además de la contaminación atmosférica, entre otros asuntos (2016: 46 – 50).

Los pobladores advirtieron a las autoridades sobre la forma como se fueron secando los caños, contaminando con vertimientos y derrames de petróleo sus acuíferos, sin respuesta de entidades como la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, encargada del seguimiento de la gestión ambiental.  Denunciaron que los nacederos o jagüeyes[14] del sector presentaban residuos de petróleo y otros químicos. Para ellos, la prospección sísmica y la implementación del proyecto Star hicieron que el nivel freático descendiera de forma drástica (Vanegas, sf).

Adicionalmente, informes del Servicio Geológico Colombiano y de la Red Sismológica Nacional de Colombia dieron cuenta que desde que inicio el Proyecto Star se incrementaron los sismos en Puerto Gaitán, una región de poca o nula sismicidad. Desde el 2 de abril de 2013 hasta el 28 de junio de 2016 se han registrado 976 sismos, y desde el 31 de enero de 2014 se han presentado al menos 99 sismos de magnitud igual o superior de 4 en la escala de Richter, los cuales han sido reportados por el Sistema Geológico Colombiano. (FIDH & CCAJAR, 2016: 69). Este fenómeno es adjudicado, al incremento de la inyección de agua en los campos Rubiales y Quifa, el informe de la FIDH y CCAJAR advierte que Pacific Rubiales está inyectando más de 3 millones de barriles diarios de agua en los campos mencionados (2016: 68 – 69).

En enero de 2014 la contralora delegada para el sector minero energético aseguró que mientras Pacific Rubiales afirmaba que el Proyecto Star era un éxito, Ecopetrol sostenía que no se habían logrado los objetivos. La evaluación de la empresa estatal en enero de 2014 consideraba que se había alcanzado en un 60% la línea base de producción pactada en 2011 (Blu Radio, 27/01/2014). Según la Contraloría General de la República, en el proyecto se habría invertido más de 250 millones de dólares, sin los resultados esperados.

El 23 de julio de 2014 en un comunicado conjunto de Ecopetrol y Pacific Rubiales declararon terminado el proyecto piloto Star. El cierre estuvo precedido de múltiples denuncias de comunidades, organizaciones y políticos que auguraban su fracaso, además de los múltiples problemas ambientales. No obstante y a pesar de las malas experiencias, el gobierno del presidente Juan Manuel Santos ha puesto los ojos en el incremento de la producción en los campos de crudos pesados. Es así como en 2015 Ecopetrol terminó la construcción de la planta demostrativa de desasfaltado en Chichimene, en el Meta, con tecnología desarrollada por el ICP. Tendrá una capacidad de procesar 200 barriles de petróleo por día y contó con una inversión superior a los $103 mil millones (unos de US$35 millones) y se construyó en año y medio. El objetivo es disminuir la viscosidad de los crudos pesados y extra-pesados de los Llanos para facilitar su transporte por oleoductos.

A modo de conclusión, en lugar de caminar hacia una senda de sustentabilidad, invirtiendo en la investigación y aplicación de energías alternativas, se sigue priorizando el camino de los fósiles. Sin embargo, la resistencia a estos proyectos sigue creciendo en la región y en el país. Las voces suenan en Caquetá, Meta, Putumayo, y Magdalena Medio. El pulso está fuerte, entre opositores y promotores de los proyectos extractivos. El nuevo momento de paz que vive Colombia tendrá como principal protagonista las luchas por el agua y contra el petróleo.

Notas

[1] El yacimiento Cusiana fue descubierto en 1991, tras los análisis y declaratoria de comercialidad del campo se anunciaron dos mil millones de barriles de reservas de crudo liviano.

[2] Crudos dulces o ligeros/livianos de fácil extracción y refinación.

[3] Son considerados crudos pesados, los que van de 10 a 20 grados API y con una viscosidad entre 100 y 10,000 cp. “Para el cálculo de la densidad API se utiliza la medición superficial de la gravedad específica del petróleo desgasificado. La fórmula que relaciona la gravedad específica (S.G.) a 60°F con la densidad API es Densidad API = (141.5/S.G.)-131.5. Conaway C: The Petroleum Industry: A Nontechnical Guide. Tulsa: Pennwell Publishing Co., 1999” (Oilfield Review. 2006: 38 – 59).

[4] Cabe destacar que la cotización de los crudos pesados en el mercado es más baja debido a los altos contenidos de azufre y metales pesados.

[5] Vetra Exploración y Producción Colombia es una empresa dedicada a la exploración y producción de hidrocarburos.

[6] Se refiere a la Faja Petrolífera del Orinoco (FPO) una extensa zona rica en petróleo pesado y extra-pesado ubicada al norte de río Orinoco, en Venezuela. La Faja es considerado el mayor reservorio de crudos conocido en el mundo.

[7] La cuenca de los Llanos cuenta con un cinturón de crudo pesado de los Llanos, un yacimiento de crudos pesados, en los que se encuentran, entre otros, los campos de crudo pesado Castilla, Quifa, y Rubiales.

[8] Es el porcentaje del  petróleo o gas de un yacimiento que puede ser extraído mediante técnicas primarias o secundarias.

[9] Aunque la mayoría de los proyectos de combustión se implementan en yacimientos de crudo pesado, cada vez son más utilizados para recuperar el petróleo ligero de yacimientos profundos. En Estados Unidos son más los proyectos de combustión en operación en yacimientos de crudo ligero que los que existen en yacimientos de crudo pesado.

[10] Camiones cisterna.

[11] Quifa es continuidad de los campos Rubiales y Pirirí.

[12] Cursos de agua.

[13] El moriche es un tipo de palma que crece en las cuencas de los ríos Amazonas y Orinoco.

[14] Vertientes y jagüeyes.

Este artículo es parte del proyecto Energías Extremas en América Latina, de OPSur-Oilwatch Latinoamérica, y cuenta con el apoyo de Heinrich Böll Stiftung Cono Sur.

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Ilustración: Angie Vanessita

Por  Tatiana Roa Avendaño (Censat Agua Viva – Amigos de la Tierra Colombia) y Hernán Scandizzo (OPSur)

 

Aún están frescas las imágenes del incendio de la plataforma Deepwater Horizon, cuando perforaba el pozo Macondo en el Golfo de México, en abril de 2010. La explosión e incendio dejó once trabajadores muertos y, después de más de tres meses de intensas labores, la petrolera BP logró controlar la situación. Para entonces habían sido vertidos al mar Caribe más de 700 millones de litros de crudo y otros varios millones más de litros de agua de formación. La magnitud del desastre expresa los riesgos que conllevará la ampliación de la frontera extractiva y tecnológica, y es lo que algunos autores han denominado energía extrema.

Este concepto de energía extrema se refiere no sólo a las características de los hidrocarburos, sino también a un contexto en el que la explotación de gas, crudo y carbón entraña cada vez mayores riesgos geológicos, ambientales, laborales y sociales; además de una alta accidentalidad comparada con las explotaciones tradicionales. La era de los hidrocarburos fáciles de extraer está llegando a su fin, si no lo ha hecho ya. Los objetivos de empresas y gobiernos para sostener la matriz fósil son las formaciones sedimentarias compactas, los crudos pesados y extra-pesados, las arenas bituminosas e incluso desarrollos biotecnológicos para aplicar en procesos de recuperación mejorada de hidrocarburos en pozos agotados.

En el mismo combo aparecen los yacimientos en el mar, cada vez más alejados de la costa, en aguas más y más profundas, que son extraídos, en algunos casos, luego de atravesar gruesas capas de sal. También estos yacimientos están conociendo las delicias de la fracturación hidráulica, para revertir la caída de la producción. Y el carbón alojado en las profundidades de la tierra, inaccesible para la minería convencional, despierta el interés de gobiernos y empresas, del mismo modo que el gas allí contenido. Miles y miles de toneladas de carbono que serían lanzadas a la atmósfera si esos hidrocarburos son extraídos e inyectados al mercado energético y la industria petroquímica para extender la decadencia de la civilización fósil.

Otra característica de este modelo de extracción extrema es que en muchos casos se trata de gas, crudo y carbón a los que se accede ampliando la frontera extractiva sobre tierras campesinas y de pequeños productores, aguas de pescadores artesanales y territorios indígenas y afrodescendientes. Una expansión acompañada de conculcación de derechos, que da lugar a desplazamientos de población, desaparición de saberes y culturas, así como también la muerte de economías locales y regionales. Es decir, constituye una amenaza contra la soberanía alimentaria y territorial de los pueblos. Una violencia simbólica y material que es intrínseca a la energía extrema, y que significa además una profundización de la violencia sobre los cuerpos y la Naturaleza no humana. No sólo por la irrupción en ecosistemas frágiles y por profundizar la degradación de los ya impactados, sino también por el empecinamiento de seguir apostando a la matriz energética responsable de la crisis climática y el calentamiento global.

Esta ampliación de frontera hacia escenarios extremos implica además condiciones laborales de mayor riesgo. Quienes trabajan en esos proyectos no sólo están expuestos a condiciones meteorológicas rigurosas -como sucede en las operaciones en el Ártico o en alta mar- sino también a la toxicidad de los insumos químicos utilizados, por ejemplo, durante fracturación hidráulica, o a los desarrollos biotecnológicos diseñados para incrementar los niveles de extracción y los procesos de transformación de hidrocarburos pero también a riesgos más altos de accidentes laborales por ejemplo por explosiones.

Por otra parte, el gas y el crudo alojados en yacimientos profundos y/o compactos, o ubicados en lugares remotos, demandan más infraestructura y despliegue logístico, tanto para llevarlos hasta la boca del pozo como para inyectarlos al mercado. Esto se traduce en la perforación de cientos y miles de pozos, el tendido de ductos, la instalación de compresores, tanques, etc.; en síntesis, una mayor ocupación territorial e industrialización de áreas rurales y del paisaje en general, y la expulsión de las poblaciones que no son funcionales al nuevo uso del espacio.

A ello se suma que cada barril obtenido de estas explotaciones requirió un mayor consumo de energía, es decir, su rendimiento es menor. Además, demandó mayores recursos financieros que las explotaciones convencionales, que en muchos llegan a la compañía en forma de subsidios estatales, ventajas impositivas y precios sostén, que son transferidos desde los bolsillos de la población.

Baja del precio del crudo y continuidad de los proyectos extremos

La caída sostenida del precio de crudo muy por debajo de los 100 dólares no se ha traducido en un automático golpe de timón de los gobiernos de la región en sus políticas petroleras, ni ha significado la inmediata inviabilidad de los proyectos de energía extrema en América Latina. Sin duda hay una desaceleración, pero en la medida en que no exista la decisión política y el nivel de movilización para avanzar en la desfosilización de la matriz energética y del modelo productivo (los hidrocarburos como insumo no energético), estos proyectos representan la nueva frontera ante el agotamiento global de los grandes yacimientos convencionales.

Para seguir en carrera las empresas apuestan a reducir la cadena de costos, es decir, despedir o promover el retiro voluntario personal, bajar salarios, eliminar conquistas laborales -beneficios no financieros: descansos, calidad de la alimentación, etc.), eliminar intermediarios, desarrollar y aplicar innovaciones tecnológicas, entre otras variables. También desde el sector corporativo presionan para que los favorezcan con ‘políticas de incentivo’ como subsidios, ventajas impositivas, y precios internos superiores a la cotización internacional. De esta manera se transfieren los costos financieros -además de los sociales y ambientales- a los usuarios, que pagan la energía y combustible más caros, como ocurre en Argentina. Por otra parte hay que tomar en cuenta que países como Ecuador y Venezuela han tomado préstamos de China respaldados con su crudo, lo que también define la marcha sostenida tanto sobre la Amazonía como sobre la Faja del Orinoco. En el caso de la República Bolivariana de Venezuela, son más de U$D 46.000 millones en créditos.

Las fronteras extremas de América Latina

Si bien desde principios de la década y hasta entrado 2014 la mayoría de los países de la región, con más o menos intensidad y convicción, tenían a los hidrocarburos de lutitas y al fracking en sus agendas, esto no se ha plasmado en grandes avances en territorio. A nivel regional el fenómeno del shale sólo ha tenido impacto masivo, o relativamente masivo, en Argentina con Vaca Muerta, mientras que en México, el otro país estrella, ha sido menor, y en Colombia hay un firme interés de las autoridades en avanzar en esa dirección. Sin embargo, tampoco significa que haya desaparecido el interés por las formaciones compactas, el desarrollo de campos de tight sands ha cobrado impulso tanto en Argentina, como en México y el extremo sur de Chile. Los costos de producción en arenas compactas son considerablemente menores que los del shale, lo que las vuelve particularmente atractivas para las empresas.

Por otra parte, una frontera que no cesa de ampliarse en la región es la off shore. Brasil desde el descubrimiento del presal, hace una década, apuesta fuertemente a su explotación, incluso las autoridades no le han dado mayor importancia a los bloques con potencial en crudo y gas de lutitas. Éstos tampoco despertaron el interés de las empresas en las últimas rondas de concesiones petroleras. La impetuosa convicción de avanzar hacia el mar emerge también en el conflicto que se suscitó en 2015, cuando el gobierno federal intentó flexibilizar los sistemas de licenciamiento ambiental para las explotaciones costa afuera, una reforma que fue resistida por los trabajadores de las agencias de control ambiental. Hay que tener en cuenta que en el caso del presal los hidrocarburos se alojan a una profundidad cercana a los 7.000 metros; allí se concentraría el 90 % de las reservas petrolíferas probadas y el 77 % de las gasíferas.

Por otra parte la francesa Total comenzó este año la perforación un pozo en la plataforma marítima uruguaya, a 200 kilómetros de la costa. Atravesará 3.400 metros de “columna de agua” y otros 3.000 bajo el lecho oceánico en busca de hidrocarburos. Un proyecto extremo que marca un hito en la región, en un país que carece de antecedentes de explotación de hidrocarburos. También Colombia avanza sobre yacimientos en aguas profundas del Mar Caribe, al igual que Nicaragua y Honduras. Chile, por su parte, a raíz de perforaciones exitosas realizadas por la estatal ENAP, apunta a consolidar sus desarrollos offshore en el Estrecho de Magallanes, al igual que ampliar las explotaciones de bloques de tight gas en la isla de Tierra del Fuego.

En tanto los crudos pesados y extra pesados son centrales en países de la región como Venezuela, con la Faja del Orinoco, y Colombia, en la región de los llanos. Por otra parte, más allá de las características de los hidrocarburos y de las formaciones que los contienen, tanto la Amazonía como el Chaco Sudamericano constituyen la nueva frontera por excelencia para Bolivia, Colombia, Ecuador, Paraguay y Perú, avances que se concretan, en muchos casos, sobre territorios de pueblos indígenas, comunidades campesinas y áreas naturales protegidas.

Detrás de los discursos de salvación o abundancia con que son promocionados los diferentes proyectos de energía extrema en nuestros países, están las otras realidades arriba mencionadas. Con estas líneas damos apertura a una serie de artículos sobre el carácter extremo no sólo de los proyectos energéticos sino también de las infraestructuras y finanzas que demanda la reproducción del capitalismo globalizado.

Este artículo es parte del proyecto Aportes para la crítica y acción contra las energías extremas en América Latina, de OPSur-Oilwatch Latinoamérica, y cuenta con el apoyo de Global Greengrants Fund.

IMG_6410.JPGPor: Tatiana Roa Avendaño – Coordinadora general de Censat Agua Viva

Don Reynaldo es un agricultor y ganadero que llegó a mediados de los ochenta al Bajo Simacota, un municipio de Santander, buscando dónde trabajar. En la tierra que se asentó, hay vestigios de un antiguo pozo petrolero, abandonado cuando la broca, quedó atrapada en el fondo del pozo. Según dicen, lo perforaron en la pasada década del cincuenta, nunca fue puesto en producción. Allí quedó una profunda fosa de casi dos metros, que se hizo para instalar el taladro y otras facilidades del pozo, que don Reynaldo y su familia han tratado de tapar con madera, pues ahí han caído animales y han muerto.

En lo que fue la antigua plataforma petrolera, don Reynaldo ha sembrado cientos de árboles. Además, su finca es rica en frutales, cultivos y ganado, de manera que quien desconozca la historia no puede ni imaginar que por allí estuvo buscando petróleo la empresa estadounidense Tropical Oil Company, más conocida como la Troco.

Allí vive junto a su familia y luego de muchas violencias por fin comenzó con sus seres queridos y sus vecinos a vivir en paz. Cuentan que por allí, a finales del siglo pasado e iniciando este, vivieron tiempos de zozobra cuando los diversos actores armados del conflicto colombiano se disputaron el territorio. La tranquilidad de la zona fue la conquista de los campesinos de esta región que se propusieron vivir tranquilos en su paraíso.

Sin embargo, en 2011, nuevamente llegó la perturbación al instalarse una empresa de sísmica contratada por la Empresa Colombiana de Petróleos, Ecopetrol, aunque sus representantes dijeron a algunas personas del lugar que “iban a hacer unos estudios y que eso no era perjudicial para nadie”. Lo curioso fue además que a otras les dijeron que estaban haciendo unas “caminatas ecológicas”, mientras que en realidad venían en búsqueda de nuevas reservas petroleras.

IMG_6403Don Reynaldo cuenta que a su finca, que tiene “180 hectáreas, le metieron 96 bombas, es decir, una bomba por cada dos hectáreas”. Y continúa: “un bombardeo como ese nos destruyó nuestras aguas. Las hemos perdido en el 50% y nuestra quebrada ahora se seca en verano”.

Don Reynaldo está claro en no permitir que las petroleras continúen avanzando, porque para él, la sísmica es “un terrorismo a la tierra y el agua”, que les ha destruido esas que son sus más grandes riquezas.

Por eso ahora, él y otras personas de la región temen que Parex, una empresa canadiense que llegó a la zona en los últimos meses, esté queriendo hacer fracking en su territorio. Y ellos no están dispuestos a sufrir de un nuevo terrorismo, solo quieren vivir en paz.

 

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Fotografía tomada de internet página web municipio Guamal

Reunión Ecopetrol y comunidades en Los Llanos Orientales (municipios Guamal, Castilla La Grande, Acacias, San Martín, entre otros)

Debate: pozo Lorito 1

Lugar de reunión: Gobernación del Meta

Testimonio 1. “En la licencia ambiental “madre” del pozo Lorito 1, el río humadea era río, en las reformas a la licencia posteriores, el río Humadea se volvió un caño”.

Comentario: El pozo Lorito 1 se quiere perforar a 100 metros del río Humadea, sobre un acuífero libre.

Testimonio 2. “El caño Camoa conocido por caño por siempre en la región, se volvió río en la resolución del Anla”

Comentario: El proyecto petrolero requiere inyectar agua a los pozos productores y la tomará del caño, ahora río.

Las empresas petroleras y el Anla son “dios”, vuelven los ríos caños, y a los caños ríos

 

 

arbol primer premio

Ilustración de Angie Vanessita Cárdenas Roa.

http://sakuritadesign.blogspot.com.co/

Artículo autoría de Tatiana Roa Avendaño y Danilo Urrea

La cuestión ambiental emerge como un asunto fundamental en los nuevos escenarios de negociación del conflicto armado y será también vital en un posible posacuerdo. Pero esto no significa que sea algo propio de estos tiempos: si bien hoy se presenta así, la cuestión ambiental ha estado siempre en el núcleo de los conflictos sociales: las disputas por el dominio de las fuentes vitales para el desarrollo económico (agua, energía, tierras, minerales y otros bienes naturales) y por el control territorial han sido en gran medida luchas ambientales. Tal particularidad tiene incidencia también hoy en las cuestiones de la paz. En los siguientes dos apartes se muestra la razón de esa emergencia.

Lea el artículo completo La cuestión ambiental, un asunto clave en el proceso de paz

Texto publicado en: Y sin embargo se mueve. Negocaciaciones entre el gobierno y el ELN. Víctor de Currea Lugo (editor)

 

INTAG-PORTADA

Ilustración Angie Vanessita Cárdenas Roa

Es de necios confundir valor y precio” Antonio Machado
INTRODUCCIÓN
La primera mención sobre Economía Verde surgió de la Organización de Naciones Unidas, específicamente del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, PNUMA. Este organismo propuso al mundo en la reciente Cumbre Mundial del Clima (julio de 2012), cuya sede fuenuevamente Río de Janeiro consolidar ese camino, que se está construyendo desde hace varios años, aunque sólo hastaahora toma ese nombre.
¿Qué es la economía verde y cómo se llegó a su formulación más acabada? ¿Cómo se relaciona con la falsa solucióno profundización de la crisis sistémica y por qué en círculos
ambientales y sociales se argumenta que esa propuesta agudiza la privatización, mercantilización y financiarización de la naturaleza? ¿Qué elementos coyunturales han permitidosu avance y aceptación?
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Escuela Mujer y Minería. Foto archivo Censat Agua Viva

Escuela Mujer y Minería. Foto archivo Censat Agua Viva

Artículo publicado en el libro “Negociaciones gobierno-ELN y sin embargo, se mueve” / Víctor de Currea-Lugo (ed)

Autores: Tatiana Roa Avendaño & Danilo Urrea / CENSAT Agua Viva Amigos de la Tierra – Colombia

La cuestión ambiental emerge como un asunto fundamental en los nuevos escenarios de negociación del conflicto armado y será también vital en un posible posacuerdo

En los últimos años, dado el modelo de desarrollo impuesto, los conflictos socioambientales, también llamados conflictos ecológico- distributivos (Martínez Alier, 2004) han emergido con mucha fuerza. Ese modelo ha priorizado la extracción de minerales e hidrocarburos y la producción hidroeléctrica y agroindustrial para la exportación, y con ello se controlan los territorios y los bienes comunes.

En Colombia, ese control de territorios, en función de propósitos económicos e intereses de las transnacionales, se facilita mediante políticas y programas institucionales: es así que se amplían las fronteras extractivas y agroindustriales en el territorio nacional provocando una profunda reconfiguración territorial.

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